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   Memorias de África

Fernando Fernández (ABC)

 

La ley de condonación de la deuda externa nace de un inmenso caudal de buena voluntad. Pero es también profundamente perversa porque proclama una amnistía general sin reconocimiento de culpa ni propósito de la enmienda. La condicionalidad asociada a la cooperación internacional ha sido sustituida por la propiedad local de los programas de ayuda. Porque, ¿quién mejor que los propios receptores de la ayuda conocen sus propias necesidades? Pregunta retórica cuya respuesta está lejos de ser evidente. No sólo porque los procesos de decisión en la mayoría de estos países no pueden calificarse de ejemplares sino por las inmensas carencias institucionales, educativas y de capacidad de implementación.
Casi nadie se atreve ya a poner precondiciones a la cooperación. Pero sin embargo mi experiencia, y la de muchos cooperantes, me dictan que es lo único útil. Porque proporcionan la excusa perfecta a los gobiernos para poner en marcha medidas necesarias pero de alto coste en términos de intereses creados. Todos necesitamos una excusa. La necesitó España en la Transición para evitar el desmadre económico y la encontró en Europa. Los gobernantes africanos la tenían en la deuda externa y en el FMI. Me pregunto si la siguen teniendo. Sobre todo ahora que los chinos recorren el continente asegurándose el aprovisionamiento energético y mineral con dinero fresco.
Los occidentales tenemos mala conciencia. Es verdad que hicimos muchas burradas. Pero no cabe ignorar que el PIB per cápita ha caído en muchos países africanos desde la independencia, y sus niveles educativos y sanitarios también. Vengo de uno en el que la renta es hoy el 30% de la de los años ochenta. Hubo una implosión sin precedentes. El país se autodestruyó. Quemaron las fábricas, cerraron los colegios, abandonaron trenes y carretera, huyeron los tecnócratas, autóctonos o expatriados. Parece que por fin hay posibilidades de recuperación. Se le debe ayudar siendo exigente con el cumplimiento de sus compromisos. Mirar a otro lado no sacará de la miseria a sus habitantes, aunque tranquilice nuestra conciencia de telespectadores.

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