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Cuando se cumplen 74 años de la
proclamación de la II República, la figura del general
Francisco Franco Bahamonde adquiere de nuevo un notable
protagonismo, al margen de la retirada de sus estatuas y de
las posteriores agresiones por la ultraderecha hacia el líder
del antiguo Partido Comunista de España, Santiago Carrillo.
El personaje Franco tiene un antes y un después al 18 de
julio de 1936, fecha del llamado Alzamiento Nacional con el
que se inició el derrumbe de la II República y con el que
llegó a la Jefatura del Estado Español de un modo
antidemocrático e ilegal, como lo es cualquier guerra
civil.
Mucho se ha hablado y escrito del
Franco dictador, del Caudillo y Generalísimo de todos los
Ejércitos, pero muy poco se ha escrito y hablado del Franco
que coqueteó con la intelectualidad de la Segunda República,
que quiso ser masón como modo de acercarse al poder
establecido, y que no lo consiguió, que sí fue actor
secundario de cine, que escribió varios relatos y libros,
que admiraba y conocía a célebres pensadores y literatos
de la España del primer trimestre del siglo pasado:
Benavente, Unamuno, Ortega, Marañón, Pemán... Esta parte
inédita o poco investigada del general más joven de Europa
(que lo fue en 1926) ha
sido recogida en el libro El otro Franco (El Franco
intelectual y el Franco de la República) que acaba de
publicar la editorial Espejo de Tinta y escrito por el
veterano periodista e historiador Julio Merino. En él se
recogen todas estas facetas más desconocidas del
“personaje” Franco, que asombró a propios y a extraños
en la Guerra de Marruecos y que estuvo al lado de la República
en tres críticas ocasiones: 1934, 1935 y 1936. De ahí su célebre
frase: “Al ejército no le es lícito sublevarse contra un
partido ni contra una Constitución porque no le gusten;
pero tiene el deber de levantarse en armas para defender a
la Patria cuando esté en peligro de muerte”.
Franco fue un escritor empedernido en
sus primeros años de juventud. Ocurría que al igual que su
afición por el cine y la lectura y su pasión por la
historia, aquel Franco joven tuvo muy pronto la manía de
escribir, aunque fuese en la prensa castrense, especialmente
en la Revista de Tropas Coloniales, de la que incluso
llegó a ser director en su segunda etapa. Este hecho no era
exclusivo suyo, ya que por entonces entre los
africanistas hubo muchos “escritores”, es decir,
oficiales y jefes que se daban cuenta de los defectos del Ejército
y aportaban su granito de arena mediante escritos para
corregirlos.
Fue precisamente su compañero de
armas, el general José Millán Astray, fundador de la Legión,
quien realizó el primer prólogo a la obra escrita más
simbólica del estilo y carácter de Franco, publicada en
1922, siendo aun comandante de Infantería, y con el título
Diario de una bandera. En el Diario, Franco
demuestra que a la hora de narrar con su pluma una situación
y exponer un problema es escueto y frío. La obra, que causó
impacto entre la población española que veía con
preocupación la guerra de Marruecos, consta de dos partes.
La primera se sitúa en territorio de Tetuán y la segunda
la escribe desde el territorio de Melilla. En total, el
primer libro escrito por Franco consta de 29 relatos o
comentarios (8 en la primera parte y los 21 restantes en la
segunda). Años más tarde, y siendo ya Franco Jefe del
Estado español, la obra se reeditó (Editorial Doncel) con
otro prólogo, éste escrito en 1956 por Manuel Aznar,
reconocido periodista, embajador y abuelo del ex presidente
del Gobierno, José María Aznar. En dicho prólogo Aznar
define la obra literaria de Franco: “Se trata, en efecto,
de un breve historial que, sin afectación ni aspavientos,
encierra dentro de sí toda una interpretación del honor
español. Pero no sólo del honor, sino de su eficaz
aplicación al servicio de España”.
Entre los artículos de Franco,
recogidos en el libro de Julio Merino El otro Franco,
están Pasividad e Inacción, Ruud...Balek,
que traducido significa Cuidado que voy.... Fue
precisamente este artículo el que último que firmó el
general con su propio nombre en una revista española. Lo
escribió en febrero de 1933 siendo Gobernador Militar de La
Coruña.Y lo hizo para la revista Africa, sucesora de
la Revista de Tropas Coloniales, la única revista
militar que sobrevivió al “aniquilamiento” de Manuel
Azaña. Fue en esa época, durante la República, cuando
Franco escribía sus artículos con pseudónimos para no ser
señalado, uno de éstos era el de Jaime de Andrade y otro el de Juan de la Cosa.
Actualmente, el personaje Francisco
Franco sigue siendo, a pesar de la controversia levantada
estos días con la retirada de sus estatuas, un gran
desconocido para muchos e, incluso, un misterio, un ser de
reacciones imprevisibles, encerrado en si mismo y tímido
hasta la saciedad. Franco, para la mayor parte de sus biógrafos,
sólo fue un militar, aquel soldado que al decir del político
socialista Indalecio Prieto llegaba en los momentos
decisivos a “la fórmula suprema del valor”. Y, sin
embargo, se indica en el libro de Julio Merino El otro
Franco, “que fue un lector empedernido de Galdós, de
Unamuno, de Valle Inclán, de Machado, de Pemán, y a través
de ellos, de los grandes pensadores europeos de su
tiempo(...) Nadie hasta ahora se ha entretenido en estudiar
a fondo su formación intelectual y sus largas horas de
lectura y meditación”.
Lo que si está contrastado es que el
Franco joven intentó a toda costa coquetear con una parte
de la intelectualidad de la Segunda República. Así lo
recogen las hemerotecas, por ejemplo, cuando el 29 de mayo
de 1928, siendo ya general y viviendo en Madrid,
concede una entrevista al barón de Mora para la
revista Estampa, en la que afirma que su “constante
afición es la pintura”. En dicha entrevista, en la que
también intervino su mujer Carmen Polo de Franco, se recoge
que le gustaba mucho la literatura, en concreto, “el
teatro de Benavente y las novelas de Alarcón”, pero que
su autor predilecto por entonces era Ramón María del Valle
Inclán. Para ratificar este dato, la propia Carmen Polo le
indica en la entrevista al barón de Mora: “Vea todas sus
obras en la biblioteca”. Esta faceta literaria también es
narrada por el periodista Vázquez Montalbán en su libro Autobiografía
del general Franco, quien afirma que “éste tuvo una
época en su formación en la que leía libros de divulgación
o de pensamiento cristiano”.
Pero Franco también tuvo otra pasión,
quizá menos desconocida para el gran público, su interés
por el cine. Fue en 1926 cuando interpretó un papel como
actor secundario en la película La mal casada, del
director Gómez Hidalgo. En esta película Franco aparecía
como figurante en una comida celebrada en la casa que tenía
en la madrileña calle Velásquez, nº 19, el abogado y político
liberal andaluz Natalio Rivas Santiago, que llegaría a ser
ministro y teniente de alcalde de la capital de España. La
casa sirvió para tomas de interiores y en una fotografía
histórica se puede ver “al actor” Francisco Franco en
un clásico “plano tres cuartos” junto a la familia
Rivas, a la actriz María Banquer y a otro de su viejos
amigos, el general Millán Astray, que como Franco gustaba
aparecer en papeles cinematográficos. Curiosamente, en esta
película también intervino como “actor” el escritor
gallego Valle Inclán.
La afición de Franco por la gran
pantalla, que llegó a convertirse en uno de sus hobbies
perennes, se fraguó durante su etapa en Madrid desde
febrero de 1926 a febrero de 1928, fechas en las que también
solía acudir a cuantos estrenos teatrales se produjeran. Años
más tarde, ya como Jefe del Estado, realizó el guión de
la conocida película Raza, en gran parte autobiográfica.
Sin embargo, según su biógrafo Claude Martin, fue en su
destierro obligado de Canarias durante la última etapa de
la República, cuando comenzó a escribir los primeros
folios de lo que luego sería la introducción a la película
Raza, que dicen así: “Estamos en uno de esos
luminosos días del verano de 1987, en el que un sol de estío
se refleja en las aguas de plata de una ría gallega,
alternadas a ratos por los rizos azules de una leve
brisa...”.
Siendo ya Caudillo y Generalísimo,
seguiría con su pasión. Pero lo que vino después de la
Guerra Civil ya fue otra cosa. Fueron otros papeles
que Franco interpretó de un modo particular y dictatorial.
En definitiva, el libro de Julio Merino, El
otro Franco, es, a juicio de los analistas, un ensayo
muy interesante ya que estudia y disecciona la figura de
Franco antes del franquismo.
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