Este fin de semana se ha celebrado, sin apenas controversia interna, el 39 Congreso Confederal de la UGT, el sindicato de la Unión General de Trabajadores, que ha vuelto a depositar su confianza en su ya eterno líder Cándido Méndez. Pero la fuerza de los sindicatos, llamados de clase, está, hoy más que nunca, en tela de juicio por sus continuos compadreos con el poder establecido. Precisamente, prueba de ello, es que hace unos meses se creaba en Barcelona el "Colectivo de Trabajadores/as afectados por pactos firmados por CCOO y UGT".
Que los sindicatos CCOO y UGT toman decisiones que cambian sustancialmente las condiciones de vida y de trabajo de miles de trabajadores sin consultarles, no es nada nuevo. Pero sí, que últimamente pasen por alto y hagan oídos sordos a las protestas de "los compañeros", entre los que se encuentran sus propios afiliados, firmando pactos con las empresas y teniendo en contra al colectivo afectado.
Los líderes sindicales de hoy -casi todos, como me indicaba un veterano político, "son de diseño"- consideran que conseguir la mayoría sindical les legitima para hacer y deshacer a su antojo, con la misma prepotencia y autoritarismo que los gobiernos dictatoriales que ellos critican. Y por eso, en muchas ocasiones dejan de lado la defensa de los intereses de los trabajadores para defender los suyos propios o los de la empresa que les paga y les permite privilegios que a otros compañeros no.
Sólo hay que señalar la gran cantidad de liberados sindicales que llevan años sin trabajar y que han perdido la realidad del mundo del trabajo. Y que sin ningún escrúpulo y sintiéndose importantes estampan su firma hipotecando las condiciones de trabajo de los demás.
Y en esas estamos.
Muchos trabajadores ya han señalado su impotencia y su rabia, "porque no nos sentimos representados por estos sindicatos que se comportan como jefaturas y que, incluso, en muchas ocasiones forman parte de las mismas". La conclusión es clara: no se puede estar en ambos bandos a la vez, porque al final siempre se impone la voluntad del que manda, ya sea por "afinidad" o por dinero.
Y basta una simple comprobación: una parte sustancial de los ingresos económicos de los sindicatos son los cierres de empresas y los ERES (expedientes de regulación de empleo), donde no se lucha por el mantenimiento de los puestos de trabajo, sino porque las indemnizaciones a percibir sean altas, ya que una parte proporcional va a parar a las arcas sindicales o a sus gabinetes jurídicos.
Además, resulta sospechoso que en cualquier negociación de estos dos sindicatos (UGT y CCOO) con las empresas o con el gobierno siempre aparecen cantidades millonarias camufladas de manera oficial. Por ejemplo, muchas de estas cantidades se derivan hacia los llamados "cursos de formación", que gestionan los sindicatos sin cortapisas y que son la tapadera perfecta para un nuevo caso de presunta corrupción política. Eso sí, ésta es más fina y, además, reporta sustanciosos beneficios económicos para algunos.
En definitiva, estos "grandes sindicatos de clase" se han convertido hoy en día en un negocio. Y para ello sólo hay que echar un vistazo a sus majestuosos locales sindicales, a sus agencias de viajes, inmobiliarias, aseguradoras, etc…. Últimamente, la cuota sindical parece utilizarse para montar negocios y no para actividades meramente sindicales. Desgraciadamente volvemos a los malos tiempos de la PSV de Carlos Sotos y Nicolás Redondo.