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Los grandes despachos de abogados asaltan la Justicia

Por Juan Luis Galiacho

La reciente pugna por la designación de los magistrados de la Sala de lo Civil del Supremo no ha sido sólo una lucha política, como nos querían hacer creer los grandes partidos, sino un duro enfrentamiento entre los grandes despachos de abogados por controlar un órgano judicial donde se dilucidan los principales casos económicos: herencias, contratos mercantiles, derechos de marca, etc...Por eso, los bufetes más importantes del país como Cuatrecasas, Uría & Menéndez, J & A Garrigues o Clifford Chance, intentan situar a sus hombres de confianza dentro del Supremo y de otras importantes instancias judiciales, copiando el modelo norteamericano donde los lobbies de presión manejan la Justicia.

Hasta hoy en día, la unión entre magistrados, fiscales y grandes bufetes de abogados se hacía “como norma” en una sola dirección: del estrado hacia el despacho, y no a la inversa, como ocurre en la actualidad. Los primeros se convertían en empresarios o mercaderes del Derecho. Este trasvase de ex magistrados y de ex fiscales a la empresa privada, atraídos por minutas millonarias, ha sido una realidad palpable en los últimos años. Estos abandonaban su carrera, en la que ganan unos 60.000 euros anuales como magistrados, para percibir sueldos que pueden llegar a los 600.000 euros anuales.

La agenda e influencias de magistrados y fiscales ha sido siempre codiciada por los grandes bufetes de abogados, cuyos honorarios se minutan por hora trabajada y no por caso resuelto. Los honorarios llegan a 500 euros por hora. Este trasvase al negocio del derecho supone la consolidación en España de los grupos de presión en el ámbito jurídico, al estilo de EEUU. Las fuentes jurídicas consultadas por La Clave afirman que “las estrechas relaciones entre los ex magistrados, ex fiscales y los grandes despachos, y viceversa, se deben al intento de éstos últimos de conseguir un auténtico gobierno paralelo de notables, con los beneficios añadidos”.

Así, por ejemplo, en la reciente adjudicación de las plazas para el turno de juristas en la Sala de lo Civil del Tribunal Supremo se observó la pugna de los grandes despachos por situar a sus peones. Finalmente, se otorgaron al catedrático Vicente Luis Montés, apoyado por el despacho de Cuatrecasas, cuya sede en Valencia dirigía hasta entonces, y a la catedrática Encarna Roca Trías, respaldada por el despacho de Uría y Menéndez y por Convergencia i Unió. Se da la coincidencia que uno de los vocales del CGPJ, Javier Laorden, es socio también del bufete de Cuatrecasas.

El pionero en este trasvase de la Judicatura a la abogacía fue el despacho de Uría & Menéndez que aprovechó al máximo la Ley Orgánica del Poder Judicial, que permite a los miembros de la carrera judicial y fiscal solicitar la excedencia voluntaria “por interés particular”. Para lo cual sólo es preciso “haber prestado servicios efectivos durante los cinco años inmediatamente anteriores y en ella [la excedencia] no se podrá permanecer menos de dos años continuados”.

Fue en enero de 1996 cuando el letrado Rodrigo Uría anunciaba públicamente uno de sus grandes fichajes estrella: el juez de la Audiencia Nacional Carlos Bueren Roncero, hasta entonces titular del Juzgado Central número 1. Bueren se incorporaba a este bufete como el socio número veinte para encabezar el área de Derecho Penal de la firma, con cerca de 100 letrados a sus órdenes.
El despacho de Uría & Menéndez –cuyo presidente fundador dirige ahora el Patronato del Museo del Prado- ha llevado la reciente defensa de Emilio Botín en el caso de las jubilaciones millonarias a ex altos cargos del grupo SCH. Así, el ex juez Carlos Bueren y Jesús Remón, ambos de Uría & Menéndez, junto al catedrático Gonzalo Rodríguez Mourullo han ejercido la defensa de Botín. Mientras que otro ex miembro de la Audiencia Nacional, en concreto, el ex Fiscal de la Fiscalía Especial para la Represión de los Delitos Económicos relacionados con la Corrupción, Javier Sánchez Junco, llevó la defensa del ex consejero delegado del SCH, Ángel Corcóstegui, consiguiendo que la Sección Tercera de lo Penal de la citada Audiencia, donde él fue un importante baluarte, les diera el veredicto de absolución.

En España existen en la actualidad más de 100.000 abogados ejercientes. Sin embargo, pocos de ellos trabajan al abrigo de algunos de los 20 grandes bufetes que pertenecen a esta élite de gobernantes en la sombra. Con la adscripción de magistrados y fiscales a la empresa privada se pretende que sus dictámenes ofrezcan al cliente la seguridad que reporta su antiguo trabajo y que un simple letrado nunca podrá ofrecer. Aunque en ocasiones, esta seguridad que ofrece un nombre no garantiza el correcto contenido final del informe.

Un caso significativo del llamado lobby judicial ha sido el del padre del actual Fiscal General del Estado, Cándido Conde-Pumpido, que fue fichado tras su jubilación como fiscal del Supremo por la multinacional americana Clifford Chance para encabezar su delegación madrileña. El peso específico del veterano Conde-Pumpido (padre) fue notable dentro de este bufete a finales de los años noventa y comienzos del 2000, donde utilizaba su agenda de contactos para sus casos, aunque a veces sus buenos oficios fracasasen, como así ocurrió en el juicio del Caso Banesto donde defendió al Fondo de Garantías de Depósitos y no logró que el Tribunal impusiera la condena por él solicitada, sino que fue mucho menor. El bufete Clifford Chance es uno de los que más presión ejerce dentro del negocio del Derecho.

En despachos adversarios, como es el de J & A Garrigues, también figuran fiscales que adquirieron relevancia pública. Este es el caso del ex fiscal de la Audiencia Nacional, Florentino Ortí Ponte. Éste fue fichado por Garrigues a final de 1996 tras presentar la querella contra Mario Conde y nueve ex altos cargos de Banesto. Ortí era por aquellos años la persona de confianza del que fue Fiscal Jefe de la Audiencia Nacional, José Aranda.

Algunos, en cambio, han dejado la carrera judicial para trabajar al servicio de importantes empresas mediáticas. Un ejemplo es el que fuera magistrado, Diego Córdoba, que pasó a ser asesor y letrado habitual del Grupo Prisa. Córdoba, que ha figura en el consejo de administración de El País, fue el encargado de elaborar la mayor parte de la documentación jurídica que ha manejado Polanco sobre la televisión por cable y sobre la propiedad de los derechos del fútbol español. Estos nuevos letrados lejos de limitarse a defender a sus clientes en los tribunales se han convertido en directores de cuidadas operaciones en las que su privilegiada agenda de contactos juega un papel estelar. La categoría se impone y los grandes bufetes hacen sus negocios a la sombra de la Justicia.
 
 

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