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En España no existe, en la
actualidad, una organización gremial, económica, política y
hasta sindical que no actúe como grupo de presión, mediante
las técnicas habituales de los lobbistas americanos.
Estos lobbies surgen de la necesidad formal que tienen
los políticos, empresarios, diplomáticos, etc., de resolver
algunas de sus limitaciones para conseguir sus anhelados
objetivos. En Estados Unidos, la actividad de lobby es algo
habitual e imprescindible para hacerse escuchar en los círculos
de poder, al igual que en España lo es acudir al palco de los
principales equipos deportivos, a los burladeros de las plazas
de toros o a las cacerías ...
Muchos son los nombres de los
supuestos conseguidores o lobbistas que han actuado en nuestro
país, desde Adolfo Suárez -dedicado a estas tareas tras
abandonar la política- hasta el editor Jesús Polanco,
pasando por el comisionista Antonio Navalón, el naviero
Fernando Fernández Tapias e, incluso, el ex presidente
socialista Felipe González, quien ha logrado crear en Iberoamérica
un potente lobby político-mediático-empresarial-cultural,
gracias a sus contactos con Carlos Slim, el multimillonario
mejicano propietario de Televisa y de la compañía telefónica
Telmex que consiguió gracias a la privatización llevada a
cabo por el ex presidente de Méjico Salinas de Gortari,
acusado de corrupción.
Hoy, en España, no está clara
la frontera entre trafico de influencias y lobby profesional.
Esta última actividad no está regulada todavía, pese a
varios intentos fallidos, como el del parlamentario socialista
Virgilio Zapatero, actual rector de la universidad madrileña
de Alcalá de Henares, quien en 1994 elaboró una Proposición
no de Ley instando al Gobierno para regular la función de los
lobbies. Por eso, la única legislación que existe se
fundamenta en el tráfico de influencias y fue fruto de la
premura con que el legislador tuvo que tapar las lagunas jurídicas
que se pusieron de manifiesto tras estallar el “caso Juan
Guerra”. Gracia a ellas, el hermano del que fuera
vicepresidente del Gobierno con el PSOE, Alfonso Guerra, se
libró de la cárcel, a pesar de las múltiples pruebas
policiales y judiciales. Sencillamente, porque las actividades
fraudulentas que desarrollaba desde su famoso despacho de la
Delegación del Gobierno en Sevilla no estaban aún
tipificadas como delito.
La Ley se quedó sólo en la anécdota.
Intentó maquillar las operaciones de un familiar de un alto
cargo del Gobierno que, sin apenas estudios, logró culminar
diversas operaciones millonarias gracias a su condición de
valido. Sin embargo, el legislador no tuvo en cuenta la oscura
cadena compuesta por antiguos funcionarios públicos, ex
ministros incluidos, dispuestos a ofrecer sus servicios a
quien tuviera la necesidad de acercarse al poder. En otros países,
estos lobbies están regulados con normas de registro, ética
y funcionamiento muy claras. Aquí al no existir una ley de
fiducias, testaferros, ni lobbies, los llamados
“conseguidores” están disfrazados de relaciones públicas,
consultores o integrantes de bufetes de abogados y gabinetes
de comunicación.
Hasta ahora, en España, esta actividad
ha sido principalmente desarrollada por los despachos de
abogados más influyentes. Los Garrigues, Cuatrecasas, Alzaga,
Uría & Menéndez o Roca Junyent, junto a otros apellidos
ilustres de la abogacía española, han sido los personajes
que más han brillado de manera efectiva en la elaboración de
leyes y en la resolución de contenciosos multimillonarios
entre sus clientes y la Administración. Sin embargo, la función
de lobby no figura anunciada por ninguno de ellos como
actividad en un cartel publicitario que delate el carácter
real de sus labores profesionales.
De
hecho, hasta 1997, el Colegio de Abogados de Madrid no permitía
a los bufetes de abogados realizar publicidad de su actividad
como lo haría cualquier empresa. Por eso, en el registro de
este colegio profesional no se facilitan listados de bufetes
sino de abogados individuales. Esta restricción informativa
tiene que ver con el deseo expresado por el decanato de ese
colegio de no primar a unos profesionales sobre otros
facilitando referencias al público de unos bufetes en
perjuicio de otros.
Junto a la influencia de los
grandes despachos de abogados, los lobbies más destacados de
nuestro país están formados por despachos de comunicación y
de relaciones públicas. Uno de los principales es Sanchís
Comunicación, que gracias a su cartera de privilegiados
clientes fue comprado por la multinacional británica Incepta
por unos seis millones de euros. Este despacho lleva más de
20 años en el negocio de “ganar elecciones” y gracias a
sus gestiones 16 personas han sido elegidas presidente o
primer ministro. Así ha llevado las campañas de políticos
como Adolfo Suárez, el portugués Cavaco Silva o el peruano
Fujimori.
Otro de los lobbies más
importantes en España es el Instituto de la Empresa Familiar,
constituido en Barcelona a principios de los 90. La vocación
de influencia del Instituto quedó patente ya de entrada,
cuando, poco tiempo después de su creación, en 1995, logró
situar al que fuera su primer director, el economista Alfredo
Pastor, como secretario de Estado de Economía durante la
primera gestión de Pedro Solbes al frente de dicho
Ministerio.
En la composición del Instituto de la Empresa Familiar queda
evidenciado su poder con un ligero vistazo a los presidentes
que ha tenido el lobby desde su fundación: Leopoldo Rodés
(el banquero de confianza de los March), Mariano Puig
(presidente de la perfumera Corporación Puig), Josep Maria
Serra Farré (consejero delegado de la aseguradora Catalana
Occidente), Rafael Del Pino Moreno (presidente de la
constructora Ferrovial), José Manuel Lara Bosch (propietario
del grupo Planeta)... La junta directiva del Instituto cuenta,
además, con una nutrida representación de importantes
empresas como Freixenet o Nutrexpa y de nombres como el de
Alicia Koplowitz.
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