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Ya no te quiero

Por Juan Miguel Pérez

Lo dice la madre al hijo que acaba de hacer una trastada, pero no es verdad. Necesitamos amar porque es la única razón de nuestra vida y el amor, antes o después, ha de ser correspondido. Lo contrario sería el fracaso de Dios.

La debilidad humana está marcada por la fragilidad de las potencias del alma: memoria, entendimiento y voluntad. Cuando nos olvidamos de lo que somos, cuando somos incapaces de digerir lo que tomamos y cuando nos faltan riles para hacer lo que hay que hacer.

Mención especial merece nuestro deseo de constituirnos en pequeños dioses, ya que no podemos ser grandes humanos: la primera mentecatez, que nos aparta de nuestro origen y destino.

Todo se disloca al colocar el caballo detrás del carro. El invento no funciona y nos desesperamos. Por muchos palos que aticemos al animal, el asunto no marcha.

Metidos en harina, nuestro esfuerzo es inútil y en ello nos va parte de la vida: esa losa que arrastramos para tapar al final de nuestros días lo que realmente somos.

Equivocarse es de humanos, luego no somos dioses. Pero se nos va a exigir en función de la dotación que se nos atribuyó al nacer, tan singular como la huella dactilar, el ADN o el fondo de nuestros ojos.

Quizá tenga que ver en todo esto la voluntad, que puede ser buena o mala, mucha o poca: el empeño que parte de nuestras propias limitaciones, pero que es noble convicción de progreso y felicidad.

Volar con nuestra imaginación no es tozudez. La observación de la naturaleza invita a reflexionar y no rendirnos jamás. La lógica de la creación es un campo infinito donde clavar el arado de nuestra inteligencia.

¿Qué nos falta? Constancia, poner los medios, no desfallecer, aunar esfuerzos, no despreciar a los demás, dar sentido a nuestra vida, aportar ese grano de arena, ennoblecer nuestra existencia y tratar de alcanzar la única meta que vale la pena: el amor, esencia divina que está ahí y se puede compartir de forma ilimitada.

El "fracaso de la redención" es que Dios hecho hombre se sirve de los más humildes y se inmola tras un último y definitivo mensaje: querernos como Él nos ha querido. Y con la advertencia de que la semilla ha de morir para dar fruto, lo que no quiere decir que hayamos de morir matando, sino extenuados en empeño de eternidad.
 

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