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El gusto por el gasto
Por Juan Miguel Pérez
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"Quien mal anda, mal acaba", dice la sabaduría del pueblo. Por eso se nos recomienda a los peregrinos llevar buen calzado: se trata de llegar en buenas condiciones. La calidad -tan esquiva en este globalizado milenio- se ha convertido en seria advertencia, pues
"lo barato es caro".
El consumismo nos llena la casa de cosas inútiles. En términos contables, la amortización es necesaria para prever la renovación de lo perecedero. El fondo comercial es la buena fama de lo excelente.
Los buenos artesanos han sido barridos por la apariencia. La clientela no existe. En cualquier sitio relumbrón te puedes llevar un trabucazo y no aprenderás hasta precipitarte en el sumidero del escarmiento.
No busques piezas de repuesto en la era del "usar y tirar". No vuelvas porque habrán cambiado de domicilio, ni busques en la guía: caerás en manos de los piratas.
Guardar la factura y la garantía se ha convertido en papel mojado por mor de la desidia organizativa de los consumidores y la camaleónica trayectoria de algunas empresas de servicios a domicilio.
Los manuales de uso, traducidos a múltiples idiomas por un robot, devienen ininteligibles para mentes preclaras. No te atormentes, deja que tus hijos te diseñen un esquema simple para salir del apuro: plastifícalo y guárdalo como oro en paño.
Eterno agradecimiento a los currantes aún no prejubilados que te aconsejan:
"no tires ese lavavajillas, los de ahora ya no tienen cubeta de acero; el programador de estos aparatos nunca ha fallado, mira si tiene algún cable
deteriorado". Y es verdad, al cabo de 32 años, sigue funcionando.
Mi homenaje a periodistas expertos en consumo -como Aída Diéguez- incansables defensores de los derechos de los ciudadanos, a quienes advertían jocosamente:
"donde hay publicidad, resplandece la verdad".
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