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Sueños de José

Por Juan Miguel Pérez

 
José, al aceptar lo que el ángel te reveló en sueños, diste cobijo y protección al mismo Dios hecho hombre y a la mujer más maravillosa que tiene la Humanidad. De querer abandonarla en secreto pasaste a creer lo que iba contra toda lógica: que una virgen tendría un hijo y que ese niño sería Hijo del Altísimo.

Has asistido en Belén a su alumbramiento en las condiciones más adversas. La cuna, que como buen carpintero habías hecho con mil amores, se quedó en la acogedora casa de Nazaret por mor de las imposiciones de los invasores romanos, entre ellas el empadronamiento.

Tuviste que recostar a la criatura en un pesebre, donde la gloria de Dios se mostró a unos pastores que también creyeron y fueron los primeros en adorarle.

Después llegarían los magos y seguidamente la huida a Egipto al trotecillo del borrico, con los apuros de emigrantes ilegales, sin papeles, perseguidos y con las terribles noticias que las caravanas de mercaderes llevarían sobre la matanza de inocentes, pero con y el alivio de haber podido salvar al Niño.

El desconocimiento del idioma, las inclemencias del tiempo y el tener que dejar solos a la madre y al crío para trabajar en lo que fuera para tener comida y cobijo. Fueron años de incertidumbre. Respetuoso con las estrictas leyes judías, tu fe fue tan grande como tu discreción y tu dedicación, hasta pasar desapercibido.

Sabemos que a los doce años buscaste con María al Niño durante tres días, llenos de angustia. Después, sólo una referencia despectiva hacia Jesús por parte de las autoridades religiosas y los notables del pueblo: "el hijo del carpintero".

Hoy es el día en que no se sabe dónde ni cuándo te enterraron, pero fue en un sepulcro que no compartieron Jesús ni María porque -según mi fe- subieron al cielo en cuerpo y alma a pesar de haber tenido la condición de humanos.

María, tras ser anunciada por el ángel de lo que Dios quería de ella, acepta diciéndose "esclava del Señor" y no te dice nada, a pesar de que ya estabais desposados, sino que se apresura a comunicarlo a su prina Isabel.

Al niño le diste todo lo que tenías: tu oficio de carpintero y tu dedicación. José, tú has muerto de amor, no pudo ser de otra forma. Tuviste en tu casa el tesoro más grande de la Humanidad y no presumiste jamás de nada. Fuiste un obrero discreto, afable, incansable. Si hubieras contado tus sueños y tu vida, te habrían tachado de cornudo y calzonazos; y, en cualquier caso, te habrían tenido por tonto, ya que no te aprovechaste de tan privilegiada situación.

Testigo mudo de la redención, desde el otro barrio contemplarías los apuros de María para evitar a su Hijo el acoso de las mujeres casaderas: este Cordero se desangró cosido a un par de maderos en forma de cruz: el negro destino que los humanos -incapaces de comprender, compartir y amar- dimos al "hijo del carpintero".
 

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