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Calle Espronceda

Por Juan Miguel Pérez

 
Tan romántico nombre en calle madrileña no pasa desapercibido porque ofrezca la mayor concentración de bares y restaurantes, sino también por la presencia de la Agencia EFE en el número 32, edificio que primero albergó la Delegación de Hacienda de Madrid.

Al calor de tan inmensa factoría de información en castellano, se cobijaron agencias y corresponsales de prensa que dieron fe del milagro español: esa transición en la que pocos creían y muchos deseaban.

Por allí pasaron la Reina Sofía y el Príncipe Felipe. Allí trabajó nuestra querida Letizia. Allí celebramos almuerzos de trabajo con presidentes de altas instituciones de España y de todos los países de habla hispana. Lo que allí se dice llega a cuatrocientos millones de personas.

El periodismo de agencia sigue siendo un oficio romántico: es el menos remunerado y el mejor pagado de sí mismo. ¡Ay, si algún día se nos reconocieran los derechos de autor, seríamos millonarios!

Si hicieran huelga las agencias, enmudecerían los medios de información. Como el trapecista que trabajan sin red, los agencieros -presentes en todo el mundo- rastrean a cualquier hora del día lo que el ciudadano quiere saber.

Nadie nos conoce fuera del ámbito profesional porque rara vez firmamos nuestras informaciones, pero todo el mundo sabe que Carrero fue asesinado, que Franco murió, que las Cortes Generales se hicieron el harakiri, que Torcuato Fernández Miranda llevó al Rey lo que le había pedido, que el Partido Comunista fue legalizado, que la presa de Tous reventó y que tantas cosas cambiaron que no nos conoce ni la madre que nos parió.

En "La calle de la ventura", editado por Calleja hace más de sesenta años, se hablaba de la mujer del periodista. Ahora, en la profesión, predominan las mujeres y hasta nos sacan ventaja.

Hubo un homicidio cerca del Museo del Parado. Envié a una alumna en prácticas y, cuando partía de la Redacción, le grité: "quiero la identidad del muerto". Y ella regresó con el DNI del desafortunado, diciendo que le había costado lo suyo conseguirlo. Inmediatamente llamé al comisario de la calle Huertas, quien se sorprendió de la audacia de la joven periodista, porque el cadáver estuvo "custodiado" hasta que el juez de guardia ordenó su traslado al Instituto Anatómico Forense. 

La muletilla de "ordenó el levantamiento" no nos sirvió el día que murió electrocutado, en Gijón, un trabajador que hizo pis desde lo alto de una grúa y el líquido elemento dio con un cable de "alta traición".

A lo que voy, que mi santa se pasó la mitad de su vida reprochándome la impuntualidad en las comidas: "es que a ti te gusta tu trabajo". La verdad, nunca me lo he preguntado, pero cuando nos conocimos, le dije: "soy periodista y aspiro a vivir dignamente; si algún día me ves con dinero, será que me habré vendido".

Esa dignidad nos obliga a trabajar con rigor, procurando siempre decir la verdad, único modo de llegar a esa ansiada libertad sin dejar el camino sembrado de cadáveres.

La gracia de la mujer es increíble. Al hacerme cargo de una sección integrada por siete féminas, me recibieron con una advertencia: "has de saber que el hombre, como el caracol, babea, se arrastra, lleva cuernos y se cree que la casa es suya".

La realidad es cruda, pero siempre se impone la cordura. Sonó el teléfono. Un hombre nos invitaba a su entierro: sólo quería dar digna sepultura a la pierna que le habían cortado y Sole Verdú hizo una entrañable reseña del inefable acompañamiento a la extremidad extirpada, superando la desgracia con la valentía del buen humor. Hoy pido que Juanjo Callejas supere con gallardía de legionario tan jodida situación.

Nos pasamos la vida haciendo previsiones, pero lo mejor está en lo imprevisto. Carmen Postigo me dijo que había terminado su tarea y no tenía nada que hacer. Afirmó a mi pregunta de si quería sensaciones fuertes y presenció la autopsia que García Andrade realizó al cadáver de un chaval de 19 años: "Hacemos hablar a los muertos" es uno de los relatos más impresionantes que he visto en mi vida.

Auténticas escuelas de periodismo, las agencias: los patos aprenden a nadar, nadando.
 

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