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Navidad 2005

Por Juan Miguel Pérez

 
- Mamá, ya no soy virgen.

- ¿Qué dices, desgraciada?

- En el belén viviente de este año sólo seré pastorcilla.

- Hija, qué susto me has dado.

El padre deja el periódico: "El abandono de los montes es causa de incendios y sequía. El cambio climático derretirá los casquetes polares, el mar inundará las urbanizaciones costeras y se hundirá el turismo. Desaparecerá Venecia, los puertos quedarán inservibles y los colectores no desaguarán. Hija, aunque pierdas la virginidad, harás un gran favor a la humanidad pastoreando el monte".

La hija, que no sabe de alta política, acepta con resignación la pérdida de poder. Cuando se arma el belén, ve llegar la legión de ángeles que anuncian la buena nueva, corre al establo y adora al Niño-Dios. Al dejar a sus pies un lechón, guiña un ojo a María: "Por la majada he visto a Carod Rovira cargado de cava de San Sadurní".

A los pocos días, llegan los magos un tanto molestos por la ausencia de nomenclatura catalana y su desconocimiento del hebreo. Y el izquierdista republicano cae de bruces ante José, balbuceando sus pecados y tratando de explicar lo inexplicable, a lo que le contesta: "Como si te la machacas. Yo soy el carpintero y estoy adecentando el establo. Procura molestar lo menos posible, que no está el horno para bollos".

El Mozad ya había informado a Herodes y se estaban despachado inocentes. Visto y no visto, José -tan virgen como María- enjaretó la mula y salió de najas por la península del Sinaí, poniendo mucha arena por medio hasta alcanzar Egipto, donde aún no han olvidado la putada del Mar Rojo.

Golpeando el periódico, el padre dice a su pequeña: "Hija, ¡de la que te has librado!: sin papeles, desconociendo el idioma, sin un contrato de trabajo, sin seguridad social ni techo donde cobijarse, la redención de la Humanidad está perdida y a merced de las mafias".

La pastorcilla saca del zurrón una moñiga seca de vaca, sopla y sopla, hasta que surge el milagro del oro encendido, candela que alumbra y caldea la humanidad: ese amor latente que sostiene el universo, única moneda de cambio que no se pueden llevar los ladrones, salvo Dimas, que cameló a Jesús con los brazos cosidos a la cruz.
 

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