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Turrón
Por Juan Miguel Pérez
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Tus ojos de almendra, en dura tableta, me traen de calle por Jijona, con diente de lobo y gula navideña, copa de Machaquito y cuerpo arreglado para matar el frío recuerdo de amante desnortado por lo que pudo ser y nunca fue.
El calor de la Navidad es ascua encendida que traza círculo luminoso en la cuerda del tiempo. El principio de Huygens propaga tu cálida onda en crecientes círculos que hacen bailar el agua de vida.
Pronto llegas y antes te vas, dejas sosiego y unos kilos de más para gastar en la cuesta de enero, cuando las rebajas hacen su agosto porque la escarcha encoge los precios.
Te acecho desde que estás en flor, te deseo de almendruco y te quiero tostada y crujiente, desde el aperitivo a la garrapiñada que en Alcalá da tanta energía a Cervantes como imaginación a don Quijote y apetito a Sancho.
Tus proteínas, calorías, grasas y vitaminas hacen las delicias del caminante. Estás en sopas y postres. Acompañas las carnes, te camuflas en el helado y, cuando te siento acorralada, te recreas en el tueste y la fritura. No me extraña que en Francia se te
ame.
Cobijada en tu drupa oblonga, el pijama canela guarda con decoro embrión, albumen y perispermo. Sólo queda saber si endulzas o amargas, si eres perfume o bálsamo.
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