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Cuando los deseos se hacen realidad

Por Juan Miguel Pérez

 
La ciencia estadística es más fiable cuanto más se la ponga a prueba. El cálculo de posibilidades nos aleja tanto como la necesidad apremia. Entre el raciocinio y la esperanza, la lotería no resuelve nada: alienta una ilusión y la mata.

La realidad es otra. En el Salón de Sorteos disfruté de verdad el año que no había jugado nada: jugué con la alegría de los demás y comprendí que necesitamos tener una ilusión para sentirnos vivos.

Pasé por la tremenda alegría de que tocara el gordo a quien media hora antes expresé mi deseo de que así fuera. El caso es que se lo merecería y lo necesitaba.

Lo imparable es lo otro: "la mejor lotería, el trabajo y la economía!". El aprecio de lo que cuesta, aunque no siempre se alcancen objetivos. El ejemplo que recibimos y el que debemos: la construcción de nuestra casa sobre roca.

Pero la vida no se concibe sin la muerte. Tenemos un tiempo y unos recursos que no nos pertenecen, pero se nos pedirá cuenta de su buen empleo y hasta se nos exigirán resultados en función de tales oportunidades: somos simples administradores de algo que no es nuestro.

Como los ríos, podemos llevar vida o arrasarla, incluso convertirnos en cauce seco y pedregoso. Un canto rodado acabó en la frente de Goliat gracias a la habilidad de un pastor en el manejo de la honda.

En cualquier caso, no se olvide que los premios de lotería son bienes gananciales.
 

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