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Calada inocente
Por Juan Miguel Pérez
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Detectores de nicotina han sido instalados en recónditos lugares. Cuando aparecía una colilla, la policía llegaba a la conclusión de que allí alguien había fumado y el ADN de la saliva delataba al delincuente.
Ya nada será igual. Se suprimirán las escenas del cine y la historia del jazz y el flamenco tendrán sonidos más puros -con perdón- hasta borrar la nicotina de la faz de la tierra.
Lloran los estanqueros y ríen los neumólogos, que también acabarán en el paro. Ya no se podrá veranear en los secaderos de tabaco. El aroma del habano dejará solo ante el peligro al café y sin volutas la sobremesa. A Churchill le costaría encontrar una respuesta adecuada.
El imperio de la ley se impone. Se sospecha que no quieren quitar de fumar, sino de comprar. Ledesma quitó las pólizas y nos hemos olvidado del sabor que tenía la cola de caballo en el fragor de la burocracia.
La fragancia de la isla de La Palma cambiará de rumbo y serán otros quienes piensen por nosotros. La peste del tabaco fue la causante de la falta de riego sanguíneo y ahora escasea el agua que conforma nuestro cuerpo en un noventa por ciento.
Adiós tabaco de guitarrilla, cuarterones de picadura que daban para un librillo de papel y nos obligaban a lamerlo en ceremonia iniciática que terminaba con el sacudido de las partículas que no querían arder y las estacas incandescentes.
La yesca del mechero, el gas de los encendedores, los esfuerzos publicitarios, el patrocinio del deporte, el contrabando, la tos, la bronquitis, la faringitis crónica y el cáncer: su desaparición nos hará más larga la vida y la Seguridad Social dejará de ser el pañuelo del Estado.
Confieso que he fumado y que volví a las andadas por lo bueno que es dejarlo: desaparecen las cuestas, incluso las de Enero. Lágrimas de cocodrilo nos devolverán los humedales, pero mi santa no me pedirá una marca de cigarrillo cuando quiera un beso.
Con inocente calada, retomo ahora la aventura de vivir sin saber de qué voy a morir. Si así ha de ser, que sea de amor.
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