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Cuatro peros al alma

Por Juan Miguel Pérez

 
El trazo de la vida es un vector que apunta a la eternidad. Lo perdemos de vista cuando nuestras miserias nos distraen de lo que somos y lo que queremos de verdad. Gastamos saldo y batería en escaramuzas y se nos va el santo al cielo.

Cuando den las campanadas, para unos será un año menos y para otros un año más, como si el valor de la vida tuviera que ver con su duración y no con el amor que se puso en lo que se hizo y se vivió.

Dice la sabiduría popular que "está bien que hagas versos, pero no odas". Esa rima que se nos exige tiene metro, ritmo, sonido y, sobre todo, verbo, que es palabra que se da y se cumple aunque en ello nos vaya la vida.

Si el móvil es nuestro ego, habrá que desconectarlo para percibir la realidad de la existencia: difícilmente podremos aspirar a la felicidad mientras haya alguien que sufra. Sin embargo, el sufrimiento -como la muerte cerca la vida- es el crisol donde se funde el más precioso metal, que es el amor.

Pasarse la vida haciendo caja para luego no podérselo llevar al otro barrio resulta de lo más necio, pero se nos exige una rentabilidad a los talentos recibidos. 

Cuando suena un móvil, alguien muere de hambre, de soledad o de ansiedad. El mensaje está para quien lo quiera abrir, pero está tan manido que habrá que quitar muchas hojas hasta llegar al cogollo.

Y si no hay cobertura, habrá que moverse. Cuando suenen las doce campanadas, para unos serán las veinticuatro y para otros las cero horas: los pecados de omisión tienen remedio, pero nuestra condición los reduce a burbujas.
 

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