 |
Querido nieto:
Por Juan Miguel Pérez
|
Aún te falta mes y medio para nacer y me apresuro a contarte lo que siento: una tremenda alegría, como poner la veleta en el tejado que culmina una vida para que empiece otra.
En vísperas de la Epifanía (manifestación de Dios a los humanos), nos esforzamos por hacer regalos a quienes amamos. Lo pasamos muy mal porque difícilmente acertaremos.
Te regalo mi cometa: ocupa poco, no requiere mantenimiento y hace lo que está vedado a los humanos -volar- porque carecemos de alas. No necesita combustible: un soplo de viento tensa la cuerda y empieza el juego.
A veces hay que correr, largar o recoger. Requiere atención, pero es muy agradecida y juguetona: dibuja corazones, retoza y nos hacer mirar al cielo. Con frecuencia se queda sin aliento y cae al suelo. Es sólo un plano que requiere orientación, hilo tieso y mucha imaginación.
Es mi creencia que los humanos hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios, es decir, con capacidad de razonar y obrar en consecuencia. Estamos hechos para amar y ser amados.
Dios es amor y nos quiere a todos por igual, pero en cuanto abras los ojos verás lo torpes que somos: utilizamos una parte mínima del cerebro y nos pasamos la vida llorando.
Tardamos mucho más que los animales en aprender y necesitamos ayuda para todo. Empezamos con un tacataca y terminamos con un bastón.
Notarás que todo tiene su derecho y su revés. La máxima aspiración del humano es la independencia y un desmedido afán de posesión: casa, coche y compañera.
Con tres clavos crucificaron a Cristo, que no tuvo ninguna de esas tres ces y murió perdonando: "no saben lo que hacen". El caso es que resucitó y nos ha dejado una hermosa complicación: su mensaje revolucionario que nos invita a desprendernos de todo y a cosechar aquello que los ladrones no se pueden llevar.
No te asustes, vida mía, cuando veas tanto desaguisado de guerras, hambre y desolación. La cometa te ayudará a mirar alto, sentir hondo, hablar claro y te comprometas en el negocio de amar.
|
|