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Cultura de prevención
Por Juan Miguel Pérez
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La maldición al intento del hombre de llegar por sus propios medios hasta el cielo fue la confusión de Babel, producto de la arrogancia humana, presente en este entrañable Madrid que anhela ser sede olímpica. Tan noble aspiración se da de narices con la codicia, que lleva al jugador de ajedrez a caer en la celada.
En los años sesenta ya se proyectaban edificios en Madrid en los que se aplicaba la normativa alemana en materia de prevención contra incendios porque la española no daba la talla. Ya existía en Gran Bretaña la fibra ignífuga, obligatoria para ropa de bebés, alfombras, moquetas y todo tipo de cortinas y tapices.
Aquí ardió Alcalá, 20 y perecieron 81 personas: la humareda invitaba a salir sin prisas, prueba de ello es que esperaban recoger lo suyo del guardarropa, hasta que alguien abrió la puerta trasera por la calle de Arlabán para rescatar unos documentos de la caja fuerte y el tiro de aire reavivó las llamas.
En colegios madrileños se ensayaron desalojos y corrieron ríos de tinta, pero la Administración jamás puso ese ímpetu recaudador al servicio de la prevención, que es bienestar y biensentir para quien siempre acaba pagando.
Habrá que revisar esa legislación y comprobar su cumplimiento, pero es necesario que se empiece a trabajar en la escuela para que algún día esta sociedad se mueva por propio convencimiento, que es la mejor inversión.
Espero que Europa nos ayude a superar la calificación de chapuzantes y alcancemos el nivel de calidad que corresponde a nuestras aspiraciones.
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