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El ombligo de España
Por Juan Miguel Pérez
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Es obligado celebrar medio siglo de amistad que hoy cumplo con Madrid, donde aún es posible la convivencia en paz y solidaridad, trabajar y estudiar, divertirse y disfrutar, dejarse culturizar, viajar para desear volver y asimilar el vertiginoso cambio de tan singular escaparate.
La clave de este invento es la posibilidad de compatibilizar la realidad con el origen: donde pace y donde nace, aluvión enriquecedor de realidad un tanto caótica, imprevisible foro de casticismo donde se discute y se protesta, pero rara vez se llega a las manos.
En verdad acogedora, la ciudad, la Comunidad y la capitalidad son patrimonio y síntesis de España, cuyo primer rey fue Carlos I, una vez que el reino de Navarra se nos une en plano de igualdad y de ahí que los sucesivos reyes juraran los fueros.
Pugnan por la unidad de España quienes la consideran rota, mientras otros se esfuerzan por marcar la diversidad, pero siempre buscando ventajilla. Son cosas de la política y, una vez más, hay que decir que el poder es efímero.
Tierra de conquistadores, papel caramelo -cazamoscas- del que no es fácil desprenderse, llama que alumbra y quema. El cabo y la cera se consumen para dar luz y proyectar sombras.
Este día apacible contrasta con aquel 1 de febrero de 1956 que helaba el agua de las fuentes. Para conocer la ciudad, por la tarde me di un paseo desde San Blas hasta la estación de Atocha, ida y vuelta, observando lo finolis que hablaba la gente y las prisas que todo el mundo llevaba.
Cúpulas de Madrid
Testigos de bellos atardeceres,
remates de templetes-miradores,
vigías de luna, ahítas de soles,
cúpulas de Madrid: cuántos placeres.
Buhardillas de cielo, arreboles
que reverberan en amaneceres
azules de Velázquez, sin pinceles;
alfombrados otoños, tus amores.
Aunque muchos llegaron sin papeles,
fuisteis torreones acogedores
y más risueños que el padre Apeles.
Por ser un foro hecho con sudores,
jamás abandones ni desesperes:
en trato tan castizo, los mejores.
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