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Fórmula 1

Por Juan Miguel Pérez

Técnica y glamur se dan cita cada año en el marco incomparable de los circuitos de todo el mundo apreciados por su grado de dificultad, donde el más pintado se la pega. Me refiero a la silla de ruedas que soporta a quienes no nos gusta ver porque nos aguan la fiesta o porque tal vez tienen reservada una plaza de aparcamiento en el galimatías de este Madrid de mis amores.

El mundo de la minusvalía, que no de la discapacidad, que concita pasiones por la rapidez con que se ganan o pierden fortunas de amor y eternidad.

Tan dura realidad, inmortalizada en mordaz chiste -la parte más dura de un vegetal-, es permanente denuncia en la madrileña historia del ladrillo: la accesibilidad brilla por su ausencia en clamorosas construcciones. Aunque lo mande la ley, se pasan por el forro de los mismísimos rampas, barandillas y cupos de empleo.

El humor negro se ceba en el ciego que entra el en retrete de un bar y retira airado lo que creía un carrillo de mano. Naturalmente, el hombre que tenía las dos patas de palo contestó: "¡con que quieres guerra, eh...!"

Hay que ser subnormal profundo para no comprender que estas personas son tan dignas como quien más de asistir a un concierto, divertirse, tomar una copa con sus amigos o acudir cada día a sus ocupaciones. Es comprensible que un banco no sea accesible porque su corazón sea una caja fuerte.

Estos "pequeños" son los predilectos del Supremo Hacedor, en cuya permanente presencia están sus custodios, por lo que ya pueden estar atentos a sus necesidades quienes cobran por ello: las autoridades del Estado, de las Comunidades Autónomas y de los Ayuntamientos, así como quienes reparten Fondo Social Europeo o conceden licencia de obras. Pónganse en su lugar aunque sólo sea por un día.
 

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