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Cuando la tristeza se convierte en gozo

Por Juan Miguel Pérez

En nueve días me han hecho abuelo y ha muerto mi hermano Francisco Javier tras vivir una guerra de treinta años. A los 18 años le cambió la vida de estudiante de Arquitectura un derrame cerebral que se saldó con la extirpación del lóbulo temporal derecho.

Esa minusvalía, afrontada con mucho amor por sus padres y sus nueve hermanos, naufragó cuando el Alzheimer le privó del apoyo materno. La Administración no sabe, no quiere o no puede atender estos casos: una persona incapacitada legalmente no vota.

Se me sugirió por teléfono que había un buen psiquiátrico en Fontcalent cuando había homicidas en libertad por falta de plazas en esos establecimientos penitenciarios. El problema es que mi hermano tampoco era un delincuente.

Ayer lo despedimos en el cementerio de la Almudena con la certeza de que hay Dios, que es amor y tiene debilidad por los que sufren: no le valen palabras, sino hechos (lo único que nos podemos llevar a la otra vida) y nos queda mucho por hacer.

"Cuanto hagáis a uno de estos pequeños a mí me lo hacéis" -decía el Jefe- y es público y manifiesto el desamparo en que se encuentran tantos minusválidos que sólo se explica por la discapacidad de las distintas Administraciones para llevar a buen puerto tan buenas intenciones.

Los familiares de estas personas no somos "pacientes", pasaremos factura donde quiera que haya un responsable del buen fin de ese dinero público destinado a la formación de buenos profesionales y a la creación y sostenimiento de centros adecuados.
 

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