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Carta a Santiago

Por Juan Miguel Pérez

Querido Santiago: Leo tu carta, escrita hace veinte siglos. No responde a la imagen que tenía de ti por lo de "hijo del trueno", "matamoros" o la ambición de tu madre al pedir a Jesús que Juan y tú ocuparais sus flancos en el reino de los cielos.

Comprendo que las mujeres son expeditivas y quieren lo mejor para sus hijos. Tu madre no consiguió ese anhelo, pero sí compartir esa muerte cruenta de Dios hecho hombre.

Llevo cinco años haciendo el camino a esa ciudad que lleva tu nombre, con la esperanza de encontrar el verdadero mensaje. Me hablas del crisol de la prueba y del verdadero camino de perfección hasta sus últimas consecuencias y en términos cabales.

Me sorprende que la sabiduría esté al alcance de todos por el solo hecho de pedirla con fe y sin dudar, y que Dios la da sin echarlo en cara. Luego hablas de sentir el orgullo de la humildad, porque es dignidad, mientras que los proyectos del rico se desvanecen como la flor del heno.

Aclaras que -al pasar por el crisol de la prueba- la fe produce paciencia, que es la que lleva al objetivo: la perfección. Es decir, aguantar en la prueba para alcanzar la corona de la vida que él Señor prometió a los que lo aman.

Jamás seremos tentados más allá de nuestras fuerzas -sigo leyendo- y que la tentación procede de nuestras propias pasiones, que nos seducen para concebir el pecado, que es la muerte, el desamor.

Y largas la receta: prestos a escuchar, parcos en el hablar y lentos a la cólera: "Abandonad toda inmundicia, todo exceso vicioso, y acoged con mansedumbre la palabra que, injertada en vosotros, tiene poder para salvaros".

Remachas: "Oír la palabra y cumplirla, meditar la ley perfecta de la libertad" para no contentarnos con oírla y luego olvidarla, sino que la pongamos en práctica.

Adviertes de la falsa religiosidad: refrenar la lengua y la perversión del corazón, porque la religiosidad auténtica consiste en "socorrer a huérfanos y viudas en su tribulación y mantenerse incontaminado del mundo. Dios eligió a los pobres según el mundo para hacerlos ricos en la fe y herederos del reino que prometió a los que lo aman. La fe sin obras es como el cuerpo sin espíritu: está muerta".
 
 

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