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¡Ay mi papa!

Por Juan Miguel Pérez

El niño lloraba, desconsolado, tras el cortejo fúnebre que se acercaba al cementerio de la Almudena. Algunas personas trataron de consolarlo con la esperanza cierta de la otra vida, pero el chaval aclaró que su padre era el cochero y no quería llevarle.

Si no estamos muertos en vida, cada día nos damos de narices con la creación, que percibo implacablemente armoniosa y congruente, pues no habría vida sin la muerte: condición para que la semilla dé fruto.

Los humanos no somos vegetales, ni bolsas de agua, ni sacos de huesos, sino corredores de fondo convencidos de que moriremos en el intento de alcanzar esa meta que llamamos felicidad.

Nos distinguimos de los animales porque tenemos eso que llamamos alma: anima que -según mi Diccionario abreviado de Publicaciones y Ediciones Spes, S.A., Barcelona 1950- es "soplo, aire, aliento, vida, alma (animan emittere, morir; animae meae!, queridos míos!)". Sobre el instinto, la capacidad de amar.

A fuerza de querer nos acercamos a esa plenitud de vida, un "hacer caja" allá, donde ladrones ni polilla podrán chingar nuestro tesoro. Pero con la convicción de que sólo hicimos lo que debíamos.

De manera que creo y espero en ese negocio de morir queriendo a pesar de mis miserias y mis limitaciones: convencido de que estás en los que sufren y quienes a diario marginamos porque nos molestan. Tal vez, por eso, la vida sería insoportable sin la certeza de la muerte, entendida como quicio de eternidad.

No concibo otra violencia que la que cada cual se haga a sí mismo para superarse. La otra jamás valió la pena y es innegociable.
 

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