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El carnaval de la cuaresma
Por Juan Miguel Pérez
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Cada segundo de la vida tiene proyección de eternidad, pero lo solemos vivir en pura rutina, buscando en el trastero de nuestros recuerdos ese mendrugo que nos alimenta sin dejarnos salir de nuestras miserias.
Mimbre de un gran cesto repleto de cachivaches que no sabemos repartir ni compartir, el señorío del tiempo perdido lo llevamos en la cara. Mendigamos lo que no hacemos y la vida nos parece tediosa.
De todo ello habremos de rendir cuenta y vamos dados si se nos aplica la vara de medir que hemos empleado con los demás. Aquí es donde se nos agota el tiempo y empezamos a sentir verdadero agobio.
Lo que pudimos hacer y no hicimos por extasiarnos en el propio ombligo. Hemos llenado nuestra vida de cosas que no nos podemos llevar porque son inútiles.
"Tuve hambre y no me diste de comer", sino buenas palabras. Y, si acaso, di de lo que me sobraba. Si alguna vez pasé hambre, lo olvidé y no puedo sentir lo que no recuerdo. También he olvidado lo mucho que otros me ayudaron, por lo que tampoco soy agradecido.
Y si recorro las bienaventuranzas, me moriré de vergüenza porque me pasé la vida envidiando lo que otros han ganado con su esfuerzo. El celestial banquero lo tiene claro conmigo: me temo que se dará de narices con este trampantojo que hice de mi vida, en la que hablé mucho más de lo que oí.
"Tuve sed y no me diste de beber", cuantas veces pensé que la cantimplora con agua fresquita era mía: me guardé el mensaje de vida, convencido de que se reirían de mí o tal vez no consideré oportuno echar perlas a los cerdos.
Tú, Dios mío, estás en esas personas que mendigan y que tanto me molesta ver, como si yo no hubiera tenido piojos o estado enfermo. Me repugna la mano de quien pide y me paso el día pidiendo porque soy insaciable.
"Estuve desnudo", "fui perseguido", "estuve preso", "di mi vida por ti"... Y con las tres potencias del alma -memoria, entendimiento y voluntad- te clavé en la cruz a sabiendas de que lo sabes todo, lo puedes todo y cada día mueres en cada una de las personas a quienes yo desprecié.
Hoy sé que también mueres por mí y que cada uno de esos episodios de mi vida en blanco son oportunidades que he desperdiciado. Y me mantienes con vida esperando que te mire a la cara y llore mi cobardía. Mi engreimiento es un cheque contra mi cuenta corriente, que está sin saldo. Tú verás lo que haces con tu misericordia.
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