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La tumba de Benito Pérez Galdós
Por Juan Miguel Pérez
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Me cuentan que está próxima la fecha en que cumple la concesión o propiedad de la sepultura de Benito Pérez Galdós y que el precio al que se ha puesto el metro cuadrado no está al alcance de cualquier familia.
Guardar las cenizas de nuestros difuntos familiares tampoco es moco de pavo, pero la ocasión puede ser buena para recordar una vez más que las flores hay que entregarlas en vida, porque escribir en esta patria es morir.
Tampoco me atrevería yo a calibrar la conveniencia del culto a nuestros antepasados porque creo en esa otra vida que no permite llevar nada de lo material que hayamos atesorado, sino el amor que hayamos puesto en lo que hicimos.
José María Pérez Lozano, en sus "Historias de Tiberio" (Las campanas tocan solas) acerca a su personaje hasta el Cementerio de la Almudena en permanente conversación con su ángel de la guarda, que le revela que la persona con la que acaba de hablar morirá al día siguiente.
El chaval quiere avisarle para que se prepare a bien morir, pero el ángel no se lo permite y le recrimina poniendo de manifiesto la bondad de Dios.
Un garbeo por el Tribunal de Cuentas muestra a toro pasado aquello de lo que es capaz la condición humana, no muy distinta a la actitud de los muchos gatos famélicos que merodean entre las sepulturas antes de las diez de la mañana.
"Miau" (Obras Selectas, Edimat Libros, S.A., Madrid) termina "en la soledad de aquel abandonado y tenebroso lugar".
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