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Cuando París estornuda
Por Juan Miguel Pérez
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Entrada la primavera, despiertan las alergias, revienta la floración y hasta la sangre se altera. La explosión de vida es toque de esperanza que engalana los campos. Cumple la naturaleza sus ciclos y sólo los humanos nos empeñamos en tender puentes a la codicia.
La Europa de los mercaderes no irá adelante con ciudadanos cabreados. La calidad del empleo repercute en la fundación de la familia. Difícilmente se puede echar raíces en suelo que carece de consistencia.
El cooperativismo está ahí para quienes lo quieran, pero sigue siendo
rara avis, como lo fue la banca de los trabajadores en Alemania. En arenas movedizas no se puede construir.
No hemos cuidado el medio ambiente y ya nos preocupa el agua. No se pastorean los montes y nos abruman los incendios. No se diseñan las ciudades y nos devora el afán recaudador.
Nos gusta coquetear con el poder olvidando que la letra vence en plazo improrrogable. Los aparatos electorales son castillos de naipes ante la capacidad de movilización ciudadana. Los voceros de turno han perdido credibilidad.
Ahora nos preocupa el agua y hasta el aire que respiramos. La Humanidad pierde sus entrañas: matar de hambre ha dejado de ser pecado porque el amor no se lleva. Cuando el agua escasea, se embotella.
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