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Mando a distancia
Por Juan Miguel Pérez
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Su rápida respuesta alivia el tedio y suma impactos en las encuestas, artificio que da valor a los espacios publicitarios que harán viable la explotación del medio.
El incienso de la audiencia en el altar de la televidencia evidencia tanta gama de programas que alzan sus preces al dios de este siglo y milenio que tanto incomunica entre sí a los humanos.
Apagar la televisión se ha convertido en un acto de soberanía al alcance de primates. El grito de Tarzán conmociona la quietud de la selva: Chita se agarró a la parte más sensible del dominador, el precio del crudo, la crudeza de la ganancia que hará temblar el manido ipecé, paño de lágrimas del cocodrilo.
Inquieta la sombra del Che: su muerte fue semilla plantada en buena tierra y ahora da un fruto en cosecha que deviene esquiva para quienes fueron tardos en tender esa mano que sujetaba la bolsa y ahogaba la vida.
La distancia del mando no es garantía de impunidad. Nacionalizar un producto energético está mal visto en la Europa de los mercaderes.
La cultura del automóvil -como el cerdo, que hasta ahora no ha tenido desperdicio- deja entrever la placidez del transporte público y la utilidad de otras fuentes energéticas.
La quietud de Alaska, la inquietud de Irán, el preocupante olvido de África, el resurgir de Asia y desperezamiento hispano son llamadas de atención que mal engrana el piñón fijo de las religiones.
Antes de echar gasolina al coche, habrá que recapacitar sobre las razones que inquietan nuestra convivencia: si estamos dispuestos a asumir el riesgo de destruir las armas y construir un mundo ávido por compartir; un viaje al cuarto trastero del alma por si fuera posible rescatar el amor, lo que más escasea.
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