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Barcos nodriza
Por Juan Miguel Pérez
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Cuarenta años de la existencia de satélites capaces de fotografiar un tornillo desde el espacio dan ahora su fruto y nos librarán de la angustia de las pateras y los cayucos, una vez que se averigüe la procedencia de un combustible con tanta energía.
El Delegado del Gobierno en Canarias nos avanza que el hambre que guía a estos indocumentados es porque no les dan de comer en sus países de origen, donde ni siquiera saben explotar sus recursos.
La historia de África, de donde se supone procede el homo sapiens, se resume en un ir y venir de aves migratorias que no precisan de los derivados del petróleo, no pagan impuestos y no llevan papeles, pero sabemos de dónde vienen y a dónde van y por qué lo hacen.
Las ubres de África han quedado exhaustas porque Europa se la repartió y los colonizadores más benévolos dejaron escuelas, carreteras y bancos. Enviaron misioneros para acristianarlos y ahora se escatima la vacuna contra el Sida.
Evo nos ha llamado racistas en nuestras propias narices, que no las de los populares, pues -como su propio nombre no indica- representan a las empresas afectadas por las nacionalizaciones.
La visión nocturna del planeta Tierra identifica el desarrollo industrial y turístico con la contaminación lumínica, que empezó con el siglo de las luces y disparó el desarrollo industrial.
En África se caza de noche y los nativos conocen a las fieras por el brillo de sus ojos: disparan y se ponen a salvo de animales heridos para comprobar con la claridad del día el resultado de la caza y desollar y esconder en cuevas las piezas cobradas.
América, con nuestra sangre, heredó el hedor de nuestra corrupción, que ahora nos rebota en forma de
globalización, trivialización y pérdida de
valores.
La coca, el gas y el crudo, el pulmón de la Tierra, la reserva de la cristiandad... tal vez sean mucho arroz para un pollo en tiempos de peste aviar, cuando lo que realmente interesa es vender vacunas, controlar la materia prima, manejar el grifo y fijar los precios de mercado.
Los mirlos de mi barrio siguen avisando con su incansable "meidei": no saben idiomas, pero huelen el peligro de un suelo que se agrieta bajo nuestros pies.
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