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Don Zenón buen corazón

Por Juan Miguel Pérez

En torno al pozo de la fortuna se mueven nuestras inquietudes con resultado diverso: el bondadoso, corneado por la cabra que él mismo había rescatado de una muerte segura, rompe el espejo del agua sin salir de su perplejidad.

Después llega el avaro, que no se fía de su buena suerte y echa la moneda atada a una cuerda. Si el invento no funciona, al menos podrá recuperar el capital invertido.

Otras viñetas de mi infancia advertían del egoísmo, principal problema de los humanos, cuando el planeta Tierra entraba en guerra fría. Nuestra torpeza es que casi siempre copiamos lo malo.

¿Nos gusta sufrir? Seguramente no sabemos lo que queremos, más bien somos caprichosos, engreídos, descreídos, desconsiderados, incapaces de comunicar nuestros sentimientos y tan prudentes que nos convertimos en la ineficacia personificada.

Ese "pon tus impuestos a trabajar" de los americanos del norte es una razón práctica, pero necesitamos mirar al cielo para afirmar nuestros pies en la tierra y hacer frente al reto de vivir con dignidad.

Siempre es posible el amor, pero su plenitud exige entrega hasta el punto de renunciar a uno mismo por conseguir aquello que de verdad queremos.

El espejo nos devuelve una imagen distorsionada: la oreja que vemos a nuestra derecha, los demás la ven a la izquierda. Y la distancia a que nos vemos es el doble de la que realmente hay a la superficie donde nos vemos reflejados: por eso vemos nuestros defectos a mitad de su tamaño real. Y así nos va.
 

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