No se trata sólo de hacer buena la fecha resultante de la suma del día en que empezó la guerra civil y el día que terminó, sino por tratarse de un hecho trascendente en la vida de España.
Franco murió hacia las siete de la tarde del 19 de noviembre de 1975, según fuentes del personal sanitario de La Paz. Una cardióloga señala que esa certeza existía hacia las nueve de la noche. Yo comuniqué a mi redactor jefe esta convicción mía a las 23.30 horas, después de haber hablado un rato en el vestíbulo de La Paz con Luis Rodríguez de Miguel, ministro de la Vivienda, si bien él en ningún momento llegó a decírmelo, sino que deduje de sus expresiones que se había acabado. Y según corría hacia la unidad móvil de Telefónica, lo vi claro.
La noticia de la muerte de Franco se había dado en falso catorce veces en medios extranjeros. Europa Press la dio una sola vez y fue la buena y por ella fue galardonada ese año con el Premio Nacional de Periodismo.
El Mundo [1975-1995 Historia de la democracia] dice que en esa información participaron Mariano González y Marcelino Martín Arrosagaray. Es cierto, porque en esa información participó la agencia entera, que trabajó como un reloj a las órdenes de Antonio Herrero Losada, quien ya había advertido que, cuando se produjera, no sería transmitida jamás sin contrastarla en dos números de teléfono que dejó allí apuntados. Supe que Marcelino tuvo que soltar un taco para que "Manzanita" diera al botón y transmitir "Franco ha muerto, Franco ha muerto, Franco ha muerto", seguida de una biografía de sesenta folios.
El redactor jefe, Leopoldo Fernández Cabeza de Vaca, ahora director del Diario de Avisos, a quien dije "aquí huele a fiambre", me ordenó: "vete a dormir, que luego te necesitaré". Protesté: "no fastidies, después de mes y medio siguiendo esta información, ¿me vas a mandar ahora a casa?" Y él insistió y yo le hice caso.
Fui sustituido en La Paz por Mariano González. Cuando la radio difundió la noticia de Europa Press, los periodistas que estaban en La Paz -según me contaron después- dijeron a Mariano González: "Tú has sido", y él salió corriendo, diciendo: "Yo no he sido".
A las cuatro y cuarto de la madrugada me despertó por teléfono el redactor jefe. No me dijo "pues era verdad...", sino "vete al Pardo que van a llevar allí el cadáver". Volví a obedecer, pero esta vez me llevé una botella de brandy que aporté al corrillo que varios soldados del Cuartel de Transmisiones de El Pardo formaban en torno a una buena hoguera. A la habitual humedad del Manzanares y el frío de esas horas se unió esa noche una tremenda escarcha. No había ningún otro periodista. Pedí a uno de los soldados que bajara el cetme: "chico, con el frío que hace, se te puede agarrotar el dedo y me metes cuarenta balas".
El cadáver, embalsamado en La Paz, fue trasladado pasadas las siete de la mañana.
Horas después se abrió en la iglesia de El Pardo la capilla ardiente, donde me encontré con el presidente de la Federación Nacional de Boxeo, a quien yo había "desafiado" (a tomar una cerveza) año y medio antes, con motivo de la tromboflebitis. El médico de cabecera de Franco, Vicente Gil, lloraba como un niño.
Cuando fue enterrado en la cripta del Valle de los Caídos, vi caer la losa sobre su tumba y tuve la sensación de que aquello marcaba un hecho histórico de suma importancia.
El motivo del retraso en anunciar oficialmente la muerte de Franco fue, sin duda, la puesta en marcha de la operación "Lucero": en prevención de que la gente se echara a la calle, se puso en alerta de seguridad a todos los gobiernos civiles.