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El dedo de la Justicia

Por Juan Miguel Pérez

 
Me pide mi nieto que le cuente chascarrillos de la Justicia. Tendría que recuperar la joya que Tachín nos dejó en ABC, los cafés en el Bar Supremo, las partidas de ajedrez en esperas tediosas, los ratos perdidos en la Biblioteca del Colegio de Abogados, la caza furtiva en la Secretaría Técnica, el rastreo de papeleras para conseguir los calcos de la sentencia de legalización del Partido Comunista, los codazos al único teléfono público del Palacio para despachar las crónicas de Matesa con una sola peseta y la obsesión de qué es lo que me pide la gente de la calle que le cuente hoy.

De lo más pintoresco, Laureano García Cabezón: "Te regalo un piso si das una noticia". Le advertí: "La daré gratis si es noticia; de lo contrario, ni aunque me regales el piso, porque perderé mi trabajo". Era noticia y la di sin necesidad de que me regalara el piso. Desde ese día me tomó aprecio y abrió pista para esquí de fondo.

Con seis meses de antelación, me anunció: "Sofico se va a la mierda". Era el negocio de la bicicleta -12% de interés-, que si paras te la pegas. En mayo de 1974, el entonces ministro de Marina, desembarcó de paisano en la plaza de la Villa de París. Le seguí los pasos hasta el despacho de Pedrol, quien me sacó del brazo hasta el pasillo, con la advertencia de: "hoy, aquí y para ti no hay ninguna noticia" y me di de bruces con el "garbanzo negro de la familia Nieto Antúnez", presidente del grupo de Abogados Jóvenes.

Esa información no llegó a la opinión pública en su debido momento, a pesar de que lo intenté en mi agencia y en la revista de mayor pegada de aquel momento. Tuvo que ser Doblón, al cabo de seis meses, cuando ya cuajaba la suspensión de pagos y empezó el calvario para los pequeños ahorradores.

La Ley Concursal, con su quita o espera, "Titanic" de la economía española, visitó muchos puertos desde su botadura en Barcelona, que no salvó a la Barcelona Traction, cuando en Madrid aún se circulaba por la izquierda, pero fue alivio de carteras ajenas que rara vez dio con los huesos de los malos administradores en la trena.

Laureano pasaba personas de un bando a otro en la guerra civil y una de éstas era hermano de quien luego fue ministro de Justicia, quien le encomendó la buena distribución de casas para funcionarios. También fue comisionado para liquidar los bienes alemanes en España, tras la guerra mundial, y confesó que compartía casa de putas en Algeciras con el responsable del espionaje en el Campo de Gibraltar e introductor del futbolín en España, y con quien luego sería vicepresidente primero del Gobierno. Terminando de untar la mermelada en la tostada, se relamía: "¡Si vieras cómo follaba el pequeñín!".

Valga el dato para una posible reedición de "El egoísta", de Nativel Preciado, finalista del Premio Planeta.
 

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