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Los trastos de afeitar

Por Juan Miguel Pérez

 
En las jornadas de puertas abiertas que conmemoran en XXV Aniversario del CGPJ se mantiene una cerrada: la del sotanillo de la sede del Tribunal Supremo, donde aún se guarda el garrote vil.

El otro ejemplar de esta máquina de matar ya se trasladó hace veinte años a un museo. Su presencia es incongruencia de quinto mandamiento, pero el asunto viene de más atrás.

Según mi amigo Jesús Vivente Chamorro, Caín ajustició a su hermano Abel con la quijada de un burro porque las ovejas de Abel se comían las les lechugas que plantaba Caín.

Los problemas de la ganadería y la agricultura perviven en este milenio dominado por los mercaderes y el progreso genético que saca de la tierra tomates azules y otras lindezas que tanto despintan a las aves del cielo y no sabemos qué hacer con la peste aviar.

En su ignorancia, la humanidad trató de combatir la muerte matando. Es todo un símbolo la escultura que se halla en la sede del TSJ de Madrid (antigua Casa de Canónigos), reseñada por la procuradora Mercedes Albí Murcia en el Boletín Informativo de su Colegio de Madrid. Costeada por los riojanos de Arnedo al ser asesinado su juez de primera instancia, don Ignacio Lapeña -el 2 de febrero de 1865- por un lugareño que acabó agarrotado.

El "yuyu" de los "trastos de afeitar", que decía Tomás, el limpiabotas del "Supremo", seguramente mantiene cerrada esa puerta y explica que los de Arnedo no quisieran ya la estatua y se ignore el nombre del escultor.

Hay razones para creer y convencer de que la vida es posible si se pone amor en lo que se hace. La disuasión por la fuerza, como el agua, acaba encontrando resquicios de cloaca, donde la ausencia de luz es lugar apropiado para las ratas.
 

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