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Eduardo Haro Tecglen
Por Juan Miguel Pérez
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Diecisiete veces citas a Dios en los días que cayeron en hoja de almanaque, existencial congruencia que nos exige cumplir con la cita de cada jornada por amor a la tecla del viejo piano: esa melodía desconcierta, mas no desafina.
El dedo en la llaga de Cristo te hace notario de excepción: lo crucificamos entre todos, con tanto desamor, a sabiendas de que más quiere a quien más se le perdona y todos queremos ser los primeros.
La confusión de este siglo es identificar delito con pecado, el mensaje de Cristo con el Boletín Oficial del Estado, o Hacienda con el confesionario.
Así se llega a reprochar a Dios el fracaso de los humanos, calidad que ganamos al perder el instinto animal y querer ganar el cielo por decreto tras legislar nuestro dominio.
Tu insistencia es la certeza de que no nos salvaremos mientras haya uno que se condene. La seguridad de Dios -Padre y Madre- que abandona todo un rebaño para rescatar la oveja perdida es la única explicación de que no lo encontremos.
Si le alambraron la cabeza y le azotaron con cuchillas fue porque dio su mensaje a quienes estaban al otro lado de la valla: el miedo nos pierde y nos lleva a morir antes que perder la vida.
Cuatrocientos años desvelando el Quijote sólo son la quinta parte de los dos mil que llevamos tratando de asimilar el mensaje del crucificado. No habita en los palacios, está en los que sufren, en los que no tienen donde reclinar su cabeza.
Las prostitutas y sus chulos nos precederán en el reino de los cielos. ¿Qué pasa, Pedro, con el precio del crudo y de la vivienda, que tantas almas vagan por el desierto, donde las tentaciones están a la orden día?
Cuarenta días de ayuno y meditación fueron el chupinazo que los treinta años de preparación le llevaron a tres de testimonio para acabar crucificado entre ladrones. El infierno es el desamor: tendremos invierno calentito.
Eduardo: si te vas, dile que le quiero. Y si te quedas, ayúdame a quererle más.
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