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Carta a Iván
Por Juan Miguel Pérez
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Queridísimo nieto: Estoy deseando verte para contarte un montón de cosas divertidas que nos pasan a los mayores. Nos alejamos, cada día más, de esa condición de niños que se nos exige para entrar en el cielo. Nos pasamos la vida engordando las cuentas corrientes que otros manejan a su antojo, sin dar intereses, por lo que encanijan a ritmo de inflación.
Atesoramos un montón de cosas que no nos vamos a poder llevar al otro barrio, que nos pintan con puerta estrecha, y nos olvidamos del amor, único salvoconducto que nos permitirá entrar en el gozo eterno de divina presencia, donde ya no seremos hombre ni mujer, sino como los ángeles.
Esa inversión de valores nos hace comprender lo difícil que lo tenemos. Y para que no caigamos en la desesperación, se nos dice que Dios es padre y madre. Y así llegamos a la conclusión de que no es abuelo, con lo que se descarta la explosión de alegría que se desbarata como pompa de jabón: somos muy pesados y no resolvemos nada. Sólo profetizamos con esplendor porque no cuesta dinero.
Otra cosa son las abuelas, bálsamo para ti porque entienden tus inquietudes y tienen remedio a todos los males de este mundo. Pero… compatibilizan la condición de madre o suegra, según el cristalino que las mire. Por eso te recomiendo que no te metas en política, palabra abyecta (bajo, vil, mentira) que, unida a la más excelsa de este mundo [madre], la convierte en algo terrible para los mayores.
Para alcanzar la madurez es necesario abrir la nuez. A este fruto se parece nuestro cerebro, que cada humano -según Santiago Ramón y Cajal- puede esculpir a su propio antojo y por eso verás a tanto descerebrado suelto, cuya única máxima es vivir a costa de los padres hasta que puedan vivir de sus hijos.
Frente al deseo pasajero, el capricho puede llevar a la fantasía imaginativa, libérrima por su espontaneidad y abierta en cuanto pieza instrumental o vocal; para mí, anhelos del alma: un flechazo que te parte el corazón, un pez en el pico de una gaviota o la inmensidad de una puesta de sol.
Sé que ya eres criatura de Dios y te quiero. Él sólo sabe de amor y odia tanto el castigo que sacrificó a su Unigénito para evitar nuestra perdición. Y por querer, te irás dando de narices con los ambiciosos y descreídos, que en el fondo son tan débiles que necesitan mucha protección.
Frente a los virus y las bacterias, lejía. Frente a los otros, paciencia, que el tren no se va, sólo está haciendo maniobras.
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