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Razones de nuestro optimismo
Por Juan Miguel Pérez
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Ignorancia, certeza de que "peor, imposible" y la evidencia de que "si hemos salido de peores, ¿por qué no también de ésta?" hacen que nos tomemos poco en serio el foso moral e intelectual en que andamos metidos, salvo que aprovechemos para cimentar debidamente y levantar esa casa en que nos gustaría vivir.
Hay una subversión de valores que nos impide estar orgullosos de nuestro trabajo, de nuestra familia y de nuestro comportamiento ante la adversidad: nos gusta el riesgo, siempre confiados en nuestra capacidad de repentizar.
Nos admiran por lo alegres que somos, pero resultamos bastante chapuzas: aparentamos una vida que no tenemos. Poco amantes de la puntualidad, la limpieza y la prevención, nos gusta que nos halaguen y soben el frac.
Desconocemos nuestra historia, pero somos conscientes de que en este cruce de caminos han ocurrido hechos importantes, insólitos, que históricamente nos ponen en situación privilegiada y de ahí nuestro engreimiento.
Aquí se financia a la Iglesia Católica a pesar de ser un Estado aconfesional, somos uno de los pocos países con monarquía, tenemos una economía boyante y nos tostamos al sol, pero seguimos ignorando nuestra pizca de machismo, racismo e intolerancia.
Tenemos mucha fachada y poco contenido, de ahí la apariencia o falta de contenido que nos permite suspirar por lo que pudimos ser y nos lleva a pensar que se nos debe, lo que se traduce en arrogancia.
Usted no sabe con quién está hablando… pero somos un país-estado-nación de pandereta, cuyo himno carece de letra, aunque nuestra Constitución bien refleja un deseo de justicia, libertad y seguridad que aspira a hacer efectivos los derechos humanos: un mandato que nos honra y nos obliga a guardarla y hacerla guardar.
Habremos de pasar de la adulación a la exigencia de ese compromiso que lleve a corregir severamente nuestra conducta individual y colectiva, en la convicción de sólo puede exigir quien se exige a sí mismo, remediando los problemas de los más débiles y necesitados y terminando por encontrar fórmulas adecuadas para la financiación de los partidos políticos, una ley electoral que permita listas abiertas, una profunda reforma de la Administración, un riguroso control del gasto público, un reparto equitativo del Fondo Social Europeo, la erradicación del subcontratismo, el buen fin de los beneficios de las cajas de ahorro, la garantía de los fondos de pequeños ahorradores… y pueda llegar esa Europa de los ciudadanos que corrija los excesos de los mercaderes, aunque para ello haya que despolitizar la Justicia.
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