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Las quejas de Habacuc
Por Juan Miguel Pérez
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Accedió el Rey a presidir el solemne acto de apertura del año judicial para zanjar un problema de protocolo que no resolvieron el presidente del Tribunal Supremo y el ministro de Justicia en tiempos de la transición política y cada año se le somete al sopor de los discursos del Fiscal -antes del Reino y ahora del Estado- y del presidente del Tribunal Supremo -ahora también del Consejo General del Poder Judicial-, siempre apoyados en buenos propósitos.
Se administra justicia en nombre del Rey, pero se aplican las leyes aprobadas por el Parlamento. Siempre hay una inmensa labor que hacer con los pocos mimbres de que se dispone en los sucesivos tacos de calendario, con la "política criminal" y la "ética" a rastras, mientras los rostros se van demacrando al paso del tiempo.
El pueblo llano expresa hoy sus quejas por boca de uno de los profetas menores -Habacuc, siglo VII antes de nuestra era- quien a su vez recoge la respuesta de Dios. Y todo ello se lo despacha en tres páginas que no tienen desperdicio.
La presencia del crucifijo es garantía -para los creyentes- de que algún día se hará justicia, pero las cámaras de televisión machacan al más pintado en audio monocorde.
En fin, si no se puede evitar esta cruz para el próximo año, que al menos se invite a los oradores a prescindir de partitura para ganar en gracejo y espontaneidad y llegar cuanto antes al meollo del asunto, si es que se está convencido de lo que se dice -como manda la práctica de la casa- sin perjuicio de que el papel sea incorporado a la memoria escrita.
Es importante acabar con el terrorismo y espero que la ética se decida a incluir en ese epígrafe otra forma de matar -lenta, pero segura- que llamamos hambre y sed.
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