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Cueva de ladrones 

Por Juan Miguel Pérez

El Mesías (Dios hecho hombre) calificó de tal la situación del templo de Jerusalén porque allí se vendía y se compraba. Recordó lo que ya estaba escrito: "Mi casa será casa de oración para todos los pueblos". "Los jefes de los sacerdotes y los maestros de la ley se enteraron y buscaban el modo de acabar con Jesús, porque lo temían, ya que toda la gente estaba asombrada de su enseñanza". (Mc 11,15-18)

El Maestro ya había avisado de la imposibilidad de servir a Dios y al dinero: no se puede servir a dos señores. Nos quiere con un corazón puro y con su vida nos mostró el camino a seguir: Él no tenía donde reclinar su cabeza.

Mensaje tan revolucionario no tuvo más contestación que acabar con su vida y Él entregó hasta su última gota de sangre, pidiendo al Padre que les perdone "porque no saben lo que hacen", a pesar de que eran los jefes de los sacerdotes y los maestros de la ley.

Desde esa posición de dominio, trataron de ahogar lo que consideraban subversión de valores, convencidos de que la riqueza era signo de predestinación, mientras que los lisiados debían su desgracia al pecado de quienes la padecían o al de sus padres. Una forma cómoda de "resolver" el problemilla.

Pasaban de largo. No hay más ciego que quien no quiere ver. Por eso les llama "raza de víboras", "sepulcros blanqueados" y otras lindezas. No lo detienen cuando hace su paseo triunfal en borriquillo, sino de noche, utilizando el soborno y la traición.

Hoy me escandaliza la ostentación de riqueza y poder, aunque no sea precisamente allí donde residan quienes de verdad manden: los que se apropian del mensaje y lo secuestran y lo acomodan y lo embotellan y lo almacenan y lo distribuyen a su antojo, según convenga "para mayor gloria de Dios" o de quien sea.

Han pasado dos mil años y vamos a necesitar un cerrajero para abrir las puertas del cielo a nuestra "descarriada juventud", que sólo desea querer algo que valga la pena y atesorar donde los ladrones y la polilla nada puedan hacer.
 

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