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Otoño en Madrid
Por Juan Miguel Pérez
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Frescachón, silencioso y soleado despertó Madrid con resaca de fútbol y teatro: la incertidumbre del resultado frente al arte de la representación. Las obras son amores y la improvisación requiere preparación, por eso, circular por sus calles se ha convertido en delicia de peatones y martirio de conductores.
La caída de la hoja, a cuatro días vista, se avecina llena de ocres sorpresas que nos cambiarán la vida. El fastidio de la imprevisión frente al tedio del más de lo mismo para que nada cambie. El acomodo nos hace envejecer porque el enemigo lo llevamos dentro.
Pero siempre quedará una baldosa para marcarse un chotis o una freiduría donde reponer talentos y verlas venir. Sigue vigente la filosofía de los dos cajones: "lo que el tiempo arreglará" y "lo que el tiempo ya arregló". Sólo queda el vistazo mensual para pasar papeles del primero al segundo y que sea lo que Dios quiera.
Hoy es san Jenaro, obispo de Nápoles que murió hace 17 siglos y nos sorprende cada año con la licuefacción de su sangre, al igual que san Pantaleón en Madrid, salvo que haya guerra en ciernes. Guerra, desde luego, estará presidiendo la Comisión Constitucional del Congreso de los Diputados cuando lleguen los vientos del Este.
Bien sabe lo que hace el experto en Derecho constitucional en la presidencia del Gobierno. Hoy entra el estatuto valenciano -rara avis- apoyado por PSOE y PP. Después llegarán los demás, como los patos porrones y nos dejarán sus polladas.
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