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Celtiña: el poder del miedo frente al vértigo del triunfo

Por Juan Miguel Pérez

 
No sabemos de lo que somos capaces hasta que lo hacemos, la oportunidad está siempre ahí para quien la quiera aprovechar. Es admirable el trepidante recorrido que va de la incertidumbre de quedar en segunda a liderar primera, que sólo se explica por las ganas de alejarse del abismo.

El equipo arbitral también juega y por ello tiene derecho de imagen. El único que paga por sufrir es el público, empeñado en ver más espectáculo que deporte y mejor resultado, ya sea fútbol, handgol o fautgol. La moviola, además de imagen, incluye sonido.

La ilusión, siempre sujeta a la incertidumbre del resultado, cuesta una pasta. Los canteranos, alma del equipo y tan sufridores como la hinchada, corren la peor suerte. Y el mister es el rompeolas de la presidencia.

Terminado el encuentro, el marcador es inamovible porque condiciona la quiniela. La taquilla es la suegra. Y el balón, ese oscuro objeto del deseo que se transforma en mariposa al caer en la red.

El espectáculo es imagen que da relieve a la vida, de ahí la importancia de la televisión, mil veces más perfecta que el ojo humano y capaz de condicionar la mente, incluso la de quienes pisan el terreno de juego. 

Seguramente, por eso, los políticos la aman, aunque cueste tantos ojos de la cara, mientras los canteranos de la información -las agencias- son los que menos cobran y ni siquiera tienen derechos de autor, a pesar de generar el 90% de la información.
 

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