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Laberinto humano

Por Juan Miguel Pérez

 
Los humanos aspiramos a vivir para morir, a disfrutar para sufrir y a encontrar la verdad para mentir. Somos pura apariencia desde el momento en que nos importa más el qué dirán que lo que la propia conciencia nos dice. Así, convertimos la vida en el arte de lo posible: el acomodo, la seguridad de lo predecible. ¡Antes morir que perder la vida!

Ese morir en el intento es ya un adelanto de la muerte. Nos acaban de decir que nuestro cuerpo se renueva por completo cada diez años. Yo creo que son siete, como siete son los ciclos que nos llevan al uso de razón, estudio y preparación para el trabajo, consolidación profesional, formación de la propia familia, madurez mental y disfrute de una pensión en condiciones normalitas.

El desencanto -sombra de lo bueno- nos persigue desde que nos traicionamos: mentimos por miedo y descarrilamos por cobardía, callamos por prudencia y favorecemos la injusticia, presumimos de lo que escasea y acabamos en el pozo de la amargura, alardeamos de amigos y mendigamos el halago para dejar constancia de nuestra debilidad.

El sentimiento de culpa por haber defraudado a quienes más nos quieren nos lleva irremediablemente a la muerte, única condición que la naturaleza exige para que la semilla dé fruto.

Si no nos gustaron nuestros principios, no son mejores los que dejamos en esta imparable evolución degenerativa. Sin embargo, es contundente el aserto revolucionario: la verdad os hará libres.

A veces, ni el Estado, ni el aparato de la Iglesia, ni las empresas están por la verdad: el pánico les puede y, como ovejas acosadas por el lobo, acaban muriendo asfixiados por no plantar cara a la realidad de nuestras miserias.

La legalidad vigente, el dogmatismo doctrinal y el beneficio a ultranza siguen produciendo inseguridad, desamor y hambre; ignorancia, fanatismo y pobreza.

Me muero de vergüenza por haber convivido con verdades a medias. Seguramente soy tan delincuente o más que los condenados en sentencia firme, tan mal creyente que escandalizo a los míos y tan insolidario que guardo mi dinero en el banco mientras millones de personas mueren de hambre.

La politización de los sindicatos, las estafas en las cooperativas, la trivialización de la enseñanza, la desconsideración hacia quienes sufren y la ceguera de quienes pretenden perpetuarse en sus puestos de mando no son buenas perspectivas para este milenio que camina veloz hacia la incomunicación, es decir: la destrucción del ser humano, dotado de un cuerpo compuesto en un 90% por agua y de un alma eminentemente sociable, hecha para amar.
 

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