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El mundo de los insectos
Por Juan Miguel Pérez
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Cuando la razón humana no da más de sí, se suele recurrir a esa clase de animales invertebrados artrópodos provistos de dos antenas, dos ojos compuestos, seis piezas bucales, tres pares de patas, generalmente dos pares de alas, abdomen anillado y tráqueas respiratorias.
Preparados para subsistir, programados para realizar la importante misión que desempeñan hasta el punto de dar vida con su muerte, igual proveen de ricos alimentos, eliminan la carroña o diseñan perfectas formas geométricas que optimizan el arte de la creación.
Lo que no han hecho jamás los insectos es un estatut, que viene a ser tan difícil como encontrar un gitano lisiado. Maragall, como Cenicienta, tiene de plazo hasta las doce -que no de la noche- para dar el golpe malabar que convierta el desencanto en fantasía.
Administrar con tiento es la condición para perdurar en el cargo sin hacer trampa: parte tú, que después escojo yo. El sastre debe saber hacia dónde carga el cliente para evitar que le extirpen los testículos.
También hoy, Camacho ilustrará al Congreso por qué no se electrizan las vallas de alambre en Melilla mientras el Sahara Occidental resulta impenetrable para los observadores de los Derechos Humanos.
Unos presupuestos "solbentes" alargan la ruina de la televisión pública, mientras los fabricantes de motocicletas se aprestan a complacer la sugerencia de Gallardón. Adenauer hizo que Colonia fuera transitable en bicicleta, ignorando el canon de las tres pesetas (0,02 euros) por libro de gasolina que pagamos en Madrid.
Los suizos fueron más prácticos: nuestros currantes no tenían casa propia, sino que el ayuntamiento les proporcionaba digno alojamiento de alquiler a precio razonable y lo más cercano posible a su lugar de trabajo. El problema no es que aquí estemos faltos de previsión, sino que el empleo adolece de estabilidad
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