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Los cuentacuentos del Tribunal de Cuentas 

Por Juan Pablo Mañueco

 
TENGO la certeza de que la literatura de fantasía más rentable es la que se escribe en las Páginas Oficiales de cualquier Régimen, con enorme diferencia sobre todo los restantes géneros de novelas.

¡Ahí es nada la riqueza que se adquiere en cuanto uno echa mano de la ficción y se pone a escribir leyes políticas falsarias, códigos legales imaginativos, ordenes ministeriales supercheras, reglamentos diversos oblicuos, sentencias judiciales trápalas, fiscalizaciones oficiales de artificio y declamaciones fabulosas, altisonantes y difundibles por todos los medios de propaganda...! Y luego están los cuentacuentos oficiales del reino... que comparecen una vez al año, en forma de Tribunal de Cuentos, para asegurar que la cosa va “medio bien”. O sea, que la gestión económica del Estado y del sector público no es un latrocinio completo.

Otra cosa no pueden contarnos, porque a la vista de las noticias que van apareciendo en la prensa sólo sobre el tema de la financiación de los partidos, los cuentistas del Alto Tribunal Cuentístico han debido de echar cuentas y han decidido no tirarse el cuento completo, en la comparecencia parlamentaria del pasado martes de su presidente, don Ubaldo Nieto, Cuentero Mayor de las Incontables Contadurías del Reino.

Déjenme que les cuente que el Tribunal de Cuentos se fundó allá por el año 1851, reinando doña Isabel II, conque fíjense la cantidad de fábulas que habrá contabilizado desde entonces para acá, tiempos de Franco incluidos, para que ningún gobernante haya dado con sus huesos en presidio por malversación de caudales públicos... 

Los cuentos, por otro lado, datan de mucho antes, porque ya en el Antiguo Régimen había Contadurías Mayores de Cuentos, dotadas espléndidamente con cargo al presupuesto público, para que se ajustaran las cuentas perfectamente con los deseos del poder que había nombrado a los cuentistas. O sea, exactamente igual que ahora, para quien quiera entender que tampoco en esto nos hemos movido ni un ápice del Antiguo Régimen, en esencia.

Porque la mayor ficción de la Ley Orgánica 2/1982 que regula a los Consejeros de Cuentos actuales es que, por una parte, establece que los designarán las Cortes entre sus amigos (bueno, literariamente habla de “prestigio” y otras fábulas) y, por otra, finge que serán “independientes”... De manera que entre los Consejeros hay hasta ex-compañeros de escaño de los contabilizados, que se apresuraron a romper su carné del partido, para demostrar que ya iban a ser independientes de todo, menos de sus sueldos y bicocas que recibían y de las que esperaban seguir percibiendo en el futuro.

En una democracia real, la gestión económica debería ser fiscalizada por Tribunales Democráticos de Cuentas, elegidos al margen de los partidos, que han de ser los contabilizados de esta forma por los dueños del dinero: los ciudadanos.

Pero mientras la ciudadanía sea tan crédula que acepte sin rechistar unos Cuentos tan endebles como los del actual modelo político, hacen bien los gobernantes en tratar a los ciudadanos como simples y torpes niños.
 
 

   

   
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