VAYA
POR DIOS, pues ya ha vuelto a jugar la selección española
de fútbol. Esto es una tortura que no cesa, como el rayo
que picoteaba las entrañas a Miguel
Hernández, pero a lo moderno y pagando a los del pico
una fortuna, para que nos arrojen una tras otra todas las
penas y desdichas a punta pala.
Después
de un campeonato claudicante y cochambroso en Portugal,
ya ha empezado otra cochambre de campeonato en el que
hemos salido al campo claudicados... Bueno, eso de que
fracasaremos estrepitosamente en Alemania,
lo sabemos todos, y se ha probado suficientemente en Bosnia;
pero la mayor tortura consiste en que habrá que estar
dos años viéndoles practicar un fútbol impracticable,
hasta que caigan derrotados en el verano de 2006, a las
primeras de cambio.
Porque
clasificarnos para la fase final del Mundial, nos
clasificaremos. Ya verán ustedes como estos pelotudos
de pena no tienen piedad de nosotros, e irán arañando
un puntito aquí, un puntito allá, por esos campos de San
Marino, Lituania, Bélgica o Bosnia... y ¡hala!, al
Mundial de
Alemania con sus señoras. Que están muy ricas las
dietas y las damas. Pero una vez allí, en cuanto salte
al césped la temible selección de Eire,
de Islandia o del Paraguay... un poco más de juego
rácano y contemporizador por parte de la insufrible
selección hispana y ¡a casa!, a disfrutar del culito
escurrido de las parientas, que será el único lugar
donde metan gol estos pelotudos, y sin necesidad de
negociar tantas primas.
Yo
no sé qué se puede hacer con la selección española
de fútbol... Tal vez, no inscribirla en ningún
campeonato. Y todo ese tiempo perdido y ese juego sonámbulo
que nos ahorramos. Porque tenerlos dos larguísimos
ejercicios anuales parándonos la liga de los galácticos,
para que ellos
se vayan a hacer el lili y nosotros el canelo, mientras
se enfrentan a San
Marino, a Liechtenstein o a Luxemburgo, cuando todos
pispamos ya el muermo intermedio y el petardo final, es
puro sadismo.
Un
mal rayo que nos parte sin partirnos durante dos años,
hasta que la misericordia del
árbitro sopla el último silbato de la ronda
inicial de los partidos definitivos del campeonato. Y
luego, venga a empezar, a la vuelta del verano.
Estos
pelotudos no
le echan bolas. Y, lo que es peor, probablemente
tampoco
saben jugar al fútbol, aunque los periódicos
deportivos digan lo contrario. Así que sólo hay dos
soluciones: o
que no les inscriban, o que les torturen
convenientemente, como dicen que hacían los hijos de
Sadam con los deportistas iraquíes. Lo que no puede ser
es que nos sigan torturando ellos a nosotros,
indefinidamente, y además cobrando como si se partieran
los perendengues